El soldado del páramo

frailejones

Texto: Marcelo Mafla (Ganador de la segunda edición de los premios periodísticos Fausto Almeida Cárdenas y Efraín Cabezas)

(Redacción Tulcán).- “Hola, buenos días, bienvenidos al páramo de El Ángel. Me llamo Frailejón y mi nombre científico es espeletia, aunque no sé que significa eso”, me dice uno de casi dos metros de altura, robusto y con decenas de ‘orejas de conejo’ afelpadas en su cabeza. Parece extraterrestre.

Es quizá es uno de los más viejos porque pinta canas como las del taita Chiles, el volcán que ruge cuando alguien trata de causarles daño. Está ubicado junto a nuestro amigo colombiano, el Cumbal.

Somos la especie endémica más importante de nuestra provincia. Nuestro hábitat está en los páramos más altos de la geografía carchense que van desde los 3.400 hasta los más de 4.200 metros sobre el nivel del mar, en donde la temperatura fluctúa entre los cinco y los 12 grados. Vivimos entre 250 y 300 años. Crecimos un centímetro cada 12 meses. El más alto puede llegar a medir hasta siete metros.

Aquí habitamos millones y de todas las edades: ‘guaguas’, adolescentes, jóvenes, adultos mayores y ancianos. Un censo no alcanzaría nunca a contarnos cuántos somos a pesar de que miles hemos sido abatidos por el fuego de resentidos con nuestra pacha mama.

Muchos estamos en la Reserva Ecológica El Ángel que abarca una extensión de 15.750 hectáreas, en donde también se encuentra el milenario bosque de polylepis formado por árboles del mismo nombre y conocidos comúnmente con el nombre de papel.

No estamos solos. Nos acompañan también especies animales y vegetales únicos como la piñuela, el chaquilulo, la chuquiragua, el pumamaqui, el sigse, la mora….el venado, el lobo, el puma, el oso andino, el conejo….el águila, la gaviota andina, el quilico, el curiquingue, el búho cuscungo y el colibrí…Además tenemos las ranitas de cristal y las lagartijas.

Hasta el cóndor, el ave emblemática de nuestro país, a veces sobrevuela nuestras cabezas que se parecen a las margaritas o girasoles que son nuestras familias. Y es que no somos una sola especie, somos una variedad de especies.

A más de la paradisíaca flora y fauna, el páramo también es rico en leyendas como la del indígena rebelde Jerónimo Tudpué que prefirió perderse en las gélidas aguas de la laguna de El Voladero antes que rendirse a la prepotencia y humillación española.  Se dice que en las noches se escucha su grito de libertad. Es como si estuviera vivo.

He sido tomado en cuenta en canciones, himnos, poesías y símbolos patrios. Me encuentro en el escudo del cantón Tulcán, al pie del volcán Chiles, acompañado también de un fusil y una pala que significan el espíritu guerrero y minguero de los pastos. Me siento orgulloso por esa deferencia.

Le cuento que tengo parientes en Huaca, en Tufiño, en Sucumbíos y en el Parque Nacional Llanganates, entre las provincias de Cotopaxi, Tungurahua, Pastaza y Napo. Mis familias también están en Venezuela y Colombia. En el primero lo llaman ‘el caballero de la altura’ y en el segundo ‘el fraile de los páramos’. En nuestro país y provincia nos conocen como el vigía, el centinela o el guardián de la frontera.

¡Qué sugestivos nombres! Esto nos motiva a mantenernos erguidos porque nos respetan y nos quieren inmortales para garantizar vida a los humanos que circundan nuestros bosques de frailejones. Nosotros somos los que almacenamos agua. Estamos sobre el colchón del líquido vital.

Y cierto que parecemos monjes porque estamos en eterna oración a Dios para que nos ampare de las manos criminales de los pirómanos y de los cazadores que también están al acecho, tras de especies en peligro de extinción como nuestros amigos el venado, el lobo, el conejo…

Nosotros también estamos en permanente riesgo por el avance de la frontera agrícola por la siembra de papa y la crianza de ganado.

“Me permite llevarme una orejita”. “Con gusto, pero una nomás”, me responde el frailejón, quien sugiere: Ustedes también deben convertirse en los vigías, en los ‘frailejones humanos’ para garantizar nuestras vidas y la de ustedes.

Gracias por su visita. Esperamos tenerlos siempre acá para compartir más experiencias, aventuras, leyendas y sobre todo para estar más cerca del Cielo y de Dios que siempre derrama bendiciones para estar vivos ahora y siempre.

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