Bendito el que viene en el nombre del Señor

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La Iglesia Católica celebra con el Domingo de Ramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y con ello el inicio de la Semana Santa.

Carchi al Día comparte una reflexión sobre este día, escrita por monseñor Luis Antonio Sánchez, obispo emérito de Machala:

“Veamos el contexto del hecho de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Estaba ya cerca la fiesta de la Pascua. Jesús, junto con sus discípulos se dirigió a Jerusalén para celebrar allí la fiesta. Mientras se encontraba de camino, fue a Betania, donde resucitó a Lázaro. Por este milagro muchos creyeron en Jesús. La noticia se difundió rápidamente. Por eso muchos acudieron a Betania a ver a Jesús y a Lázaro.

Podemos imaginar la euforia de los discípulos al ver actuar a su Maestro con tal poder. Quizá pensaban que ya llegaba la hora de su gloriosa y poderosa manifestación a Israel, en que liberaría a su pueblo de la opresión de sus enemigos e instauraría en la tierra el Reino de Dios. Algunos corrieron a Jerusalén llevando la noticia. Los fariseos se reunieron en consejo y se preguntaban: “¿Qué hacemos? Este hombre realiza muchos signos”. Decidieron darle muerte.

Hasta entonces Jesús había insistido en que a nadie dijeran que Él era el Mesías. Pero, sabiendo que se acercaba la hora de su pasión, muerte y resurrección, cambió de actitud. Cerca de Jerusalén, mandó a sus discípulos que le lleven un burrito que todavía no había sido montado para realizar, montado en él, el último trecho y la entrada en la ciudad. Se creía que un animal ya empleado en usos profanos no era idóneo para usos religiosos. Un pollino que no hubiese sido montado anteriormente era lo indicado para transportar por primera vez al Mesías enviado por Dios.

Jesús tiene en mente una profecía: “díganle a la hija de Sion: he aquí que tu rey viene a ti apacible y montado en un burrito. Él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra” (Zac 9,9-10). El mensaje que quería dar Jesús era muy claro: en Él se cumplía esa profecía.

Fue captado el mensaje por los enfervorizados discípulos y admiradores: expresaron su entusiasmo agitando ramos, alfombrando el camino ante Jesús y aclamando: “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto”. Jesús ha despertado tantas esperanzas, sobre todo entre la gente sencilla, pobre y olvidada. Pero esa gente pensaba en un mesías político, en una victoria militar garantizada por una gloriosa intervención divina. Tenía una fe incipiente, que debía ser purificada y robustecida.

Pocos días después Jesús será azotado, insultado y ultrajado; en son de burla, recibirá una corona de espinas, una caña como cetro y un manto de púrpura. Su trono regio es la cruz. El Rey a quien seguimos es muy especial: ama hasta dar su vida en la cruz y nos enseña a amar como él. Jesús en su pasión siente todo el peso del mal. Lo vence con la fuerza del amor; lo derrota en su resurrección.
Este es el bien que Jesús nos hace Toda su vida fue una generosa entrega, que culminó en la cruz. Por eso, la cruz de Cristo, abrazada con amor y esperanza, es signo de bendición y de vida.
Pidamos la protección de Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida”.

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