EL CUENTO DE UNA GAVIOTA

Ramiro Cabrera

Para Maryte Bernal

Una gaviota que amaba el mar con devoción, tuvo que renunciar a la felicidad de vivir en la playa, cuando su padre que había quedado viudo, le anunció que estaba enamorado de una paloma, le dijo persuasivamente “Mañana viajaremos a la sierra, alégrate pequeña pues conocerás las altas montañas”.

Se le acabó el mundo en ese momento ya que su vida era el mar, ¿qué hacer?, se preguntó innumerables veces, pero siempre llegaba al mismo punto y no había solución, debía seguir a su progenitor porque era aún pequeña para defenderse sola.

En los Andes buscó la forma de sobrevivir en un ambiente diferente. Escuchó los útiles consejos para no congelarse en el viento, como frotarse el cuerpo con ungüentos de grasa de culebra. Cambió su alimentación, del pescado al maíz, que por cierto era rico y aprendió a volar cual paloma para no llamar demasiado la atención, pues un ave de la costa siempre da que hablar, “su vuelo parece coquetería” murmuraban.

Todo lo que hizo surtió efecto y hasta fue muy querida por las aves del lugar, aunque a ratos volaba dormida soñando con la inmensidad del mar que le parecía inalcanzable. ¿Cuándo regresaré? Repetía en su corazón.

Hasta que cierto día el padre ya anciano despertó gritando ¡el mar! ¡el mar! Como poseído de un espíritu, como delirando. Y con las fuerzas que le quedaban tomó el ala de su hija y le dijo con voz añosa, “Es hora de regresar a casa”.

Y surcaron las montañas con los ojos puestos en las tierras bajas, tropicales y llanas, deseando sentir el aire caliente, su olor a sal y a manglares. Era temprano en el tercer día de travesía cuando las olas los recibieron, onduladas cual pechos de sirena y miraron con profunda reverencia el mar tendido al infinito.

Volaron junto a las gaviotas que festejaban su retorno, resulta que todos eran sus parientes que graznaban con ese acento costeño tan bonito. El viejo cerró los ojos en un atardecer mientras volaba y su hija al lado lo acompañaba. “Es un buen día para morir”, le dijo finalmente como despedida.

La gaviota se había convertido en una hermosa ave ágil y dulce, con un aire interesante a los ojos de los jóvenes gaviota, que les encantaba sus historias sobre las montañas y el brillo de la nieve, sobre el maíz y los ungüentos de culebra que sacaban el frío de los huesos.

Y lo que le faltaba para ser totalmente feliz, le llegó cuando su familia serrana vino a conocer la tierra de su padre. Se divirtió tanto enseñándoles a sus hermanos y primos palomos a comer pescado sin pincharse la garganta con sus espinas y era tan gracioso verlos intentando atrapar peces en el mar. Les animaba con su graznido de gaviota y un gorjeo de paloma.

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