LAS TARDES DE AGOSTO

Ramiro Cabrera

Cuando llegan las tardes de agosto un sueño detenido reanuda su hilar, y en el cielo límpido y cercano el viento cual cuchillo azul, ha partido en trozos la torta gris de las nubes. En las tardes de agosto, el cielo tiene juventud, esta renovado como estrenando su milenaria adolescencia. Se presenta tierno, pero es cercano a la eternidad. A veces nos acompaña la luna para mirar la tarde agostera y es a partir de las cinco en que todo se transforma, cual si la ciudad fuese una pecera helada con un tono perla.

Las nubes en el cielo celeste nos conceden mirar la libertad, tal que, si fuéramos ángeles y con nuestras alas lúdicamente pudiésemos apropiarnos del firmamento. Hay un momento que nos transformamos de campesinos a marineros en este cielo, mar de arriba que cobija las siembras doradas, verdes y pardas, que nuestros brazos producen en este barco gigante de la provincia. Desplegamos las velas del alma para abrazar al viento. ¿A donde nos llevará el cielo de Agosto?

El caminar arrobado contemplando bajo la linterna de oro, nos invita a descubrir un mundo diferente, escondido desde abril o mayo. Es que uno se incendia en el rubí, se enfría en el azul, se hiela en el morado del crepúsculo de agosto. Si llueve, que sean cometas en este mes, que alcancemos a ver docenas de vacas locas en el cielo, con sus papeles de colores embistiendo el aire, coleteando con capricho, jalando la cuerda, tentando a los niños para volar con ellas.

Las montañas lejanas son un esfumado de colores, temperan con el rostro envuelto en una toalla de nubes. Quieren sorprendernos cuando veamos su rostro en la mañana. ¡Qué bellas amanecen en agosto!

Y el verano trae desde los páramos al viento, que cala nuestra carne, entonces, las callejas son sus brazos y piernas, se yergue como señor y azota con su látigo, hasta que el sol lo abriga y calma. Le dice: “No es aquí en donde tienes que estar, las copas de las colinas son tu morada, ya vete”. Si este calor se queda en las tardes de agosto, hay una fiesta en cada vereda.

Los vacacionistas jóvenes no tienen otra cosa más que crecer, los días se hacen largos y los ojos no se cansan de mirar la vida en cada rincón. Y cuando la familia viaja buscando el calor, ojalá que sea hacia el mar para que alcancen el océano de cristal de jade, sus olas de espuma, que se deshacen en la boca de la arena, saboreando las barbas de ballenas blancas. Ojalá que los cuerpos chapoteen en el agua. Todo lo que sucede en agosto se queda en la mente como una foto alegre para siempre.

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