EL CUENTO DE UN CANGREJO PACÍFICO, QUE INJUSTAMENTE APODARON “EL CRIMINAL”

Ramiro Cabrera

Un cangrejo vive en la playa, un cangrejo en las raíces del manglar, un cangrejo vive en las rocas que lame el mar. Pero solo uno vive en un caparazón de una radio de los años 70, cuando las rocolas y la música disco tuvieron un gran éxito. En su interior algunos dibujos de playas lejanas le dan mundo a ese espacio. Una colección de tambores y guitarras le dan espiritualidad y una despensa con licores de semillas tropicales, más una canasta de verduras, un aire gourmet.

Después que nos presentaron, miré sus tatuajes de motas rasta en la cabeza y sus formidables brazos colorados, yo estaba tan deseoso de saber los detalles de su vida, ya que era el único superviviente a una captura. Su hermana nos había presentado en esa noche, ella era una amiga a la que no había visto en muchos años y gracias a este reencuentro, se hizo realidad mi deseo de conocer a este legendario héroe, que por ironía de la vida los diarios sensacionalistas apodaron “el cangrejo criminal”. Me dijo:

-Fui atrapado e inmovilizado y mis brazos supieron lo que eran las cuerdas que cortan la vida. Fui exhibido en el pavimento de una ciudad sedienta de veneno entre el humo de los vehículos. A mi lado, otros miserables compartían mi triste suerte. Fui vendido, porque no era libre y hasta ésta palabra era sucia allí. Luego miré cómo, mi dueño metía vivos a mis compañeros de viaje en una olla hirviente. Yo solo quería que el terror pasara, hasta que mis brazos sueltos por un instante recobraron un sueño y corrí, corrí hasta casi desmayar y cuando me di cuenta ya estaba armado de un cuchillo, defendiéndome de mis perseguidores. No pare hasta que subí a un árbol y esperé en la última rama hasta que mi vida fue algo insignificante para mis perseguidores. Era seguro que pensaban que debían regresar a ganar dinero en su restaurante “Don Cangrejo”.

-Cuando bajé, silenciosamente me escabullí como pude hasta una cueva cercana a un parqueadero, y con todos los sentidos alerta, debí orientarme solo por el olor a mar que traían algunos vehículos, hasta esa ciudad de la sierra. Hasta que por suerte encontré una camioneta que me trajo de vuelta como polisón.

-Al llegar me di cuenta que habían transcurrido años desde mi captura, aunque en mi cueva no sentí el tiempo, creo que inverné. Poco a poco recobré la sobriedad que el terror me arrebató y escogí esta playa, para dar consejo a nuestras comunidades sobre los peligros de los cazadores y de la basura que arroja el turista, cómo sorbetes, fundas plásticas y comida chatarra.

Finalmente me confió unos versos que había escrito: “En una cueva me liberé, en la soledad dejé todo mal y el que me capturó preso esta de su ignorancia. El cuchillo que robé para defenderme llamó más la atención que mi valor. Pero mi canto es de amor, porque un tambor en mi pecho está despierto”. Entonces lo abracé con mis tenazas al salir de su caza y definitivamente, lo admiré.

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