MI POTRANCA

Ramiro Cabrera

Aquella noche en la sala iluminada por un bombillo tímido, un grupo de personas escuchábamos las palabras de don Jorge Cadena de 82 años de edad en la Comuna de Indígenas Pasto La Libertad a pocos minutos de El Ángel. Sus palabras abrían mundos distintos a todo lo conocido, en donde su espíritu imbuido de cerros, su aplomo e inteligencia se mezclaban con un fino humor y generosidad. Tratando de conservar el sabor de sus palabras, transcribo esta historia:

Tenía una potranca hija de un caballo de pesebrera de Ingueza ¡Qué “bellosidad” de potranca!, era grandota y qué gordura, pero qué vivísima; me conocía, tenía que acercarla a un bordo y se agachaba para que la monte, montaba y déjela nomás, me apegaba la cabeza con cariño. Era hija de un caballo de salto, para ella no había cercos, no había zanjas, no había nada. Yo le dejaba en el cerco del alambre un ponchito viejo que lo olía y se echaba en debajo.

Para la gente se hizo más que toro bravo, la olfateaba y la seguía a morder y a patear, a destrozar, era peligrosísima, cuando yo llegaba corría para allá y para acá y se echaba, yo la palmeaba y le decía, ya, ya levántese; se levantaba, se paraba en las patas para que le coja las manos, que la salude, la cogía de las manos y la soltaba, se hacía livianita.

¿Pero qué le he llevado de desayuno?, entonces yo tenía que llevar en los bolsillos, o en alguna bolsita lo que había, sea tostado o tortillas, tenía que llevarle un pedacito de dulce o lo que quiera, ¡Pero póngale en el suelo a ver si come, tampoco! Entonces le tendía un pedacito de plástico o le hacía milla y le ponía en el poncho, ahí si comía, ¡Qué tino para no regar era y qué vivísima la potranca!

Entonces para traerla de los terrenos de arriba, se hizo peligrosa sobre todo en la bajada arriando los bueyes yo tenía que traerla tirada, de subida si la montaba, porque la potranca en el camino no iba recto, iba cuadrada, “pero móntate a ver si podís”. Mamita decía, esta peligrosísima esa potranca te va a botar. A la gente yo tenía que decirle que se hagan a un lado, que se quiten, porque era más que un toro bravo. Justamente en ese tiempo se me ofreció hacer mi casa y tuve que vender mi potranca.

Sucedió que un día estando por arriba en los terrenos detrás de la Esperanza, yo yendo por Los Puentes y por el chaquiñán de don Paulino, llegué a mi casa y la potranca me sigue el rastro y llega.  Relinchaba, raspaba el portón empujándolo con el pecho, le digo mamita ¡la potranca!, ella corrió a abrirle, oooh ¡Qué resentida que le he dejado!, ¡Cómo relinchaba! ¡Cómo raspaba, cómo que fuera gente, más que gente! ¡Qué linda potranca! Todo es según cómo se las crie, Baya se llamaba. Eso me pasó con la potranca, tener un animal de esos es para morirse de la pena y quedan los recuerdos.

EL CUENTO DEL PELÍCANO FUTBOLISTA

Ramiro Cabrera

Para: “Tato” Alcívar Candela

Quien iba a decir que su afición por una pelota lo llevaría tan lejos. Empezó en los torneos playeros con su equipo “Los Bombarderos de Bahía” en donde fueron invencibles. Su nombre se conoció en todas las playas del país, él era el pelícano capitán, el piloto delantero, el de la patada letal que desinflaba balones y se llevaba por delante, a la retaguardia enemiga con todo y guardametas; inclusive ganaron muchos campeonatos en los manglares de las islas y esteros misteriosos, en contra de los pelícanos curtidos, cual barbarojas del aire, aves poco fiables y traicioneras, en donde salir vivos con el trofeo era la verdadera prueba.

Pero nada se comparaba con jugar en la noche y con aguaje, eso sí era como querer quitarle la guadaña a la muerte para pelar camarones, era para los valientes, porque las peñas escondidas en el agua cual garfios sedientos, podían ser lo último que ves a esa velocidad, volando a centímetros de las olas con el agua hiriente salpicando a los ojos, y así, con el mar que revienta en formidables hachazos contra la costa, alcanzar el arco para gritar ¡goool! Luego, con la victoria obtenida, el vuelo triunfal de los pelícanos bombarderos uno tras del otro, era sobre la alfombra roja del firmamento, con las fotos, los autógrafos para las polluelas y los clubes de fans.

Han pasado 20 años en la vuelta del caracol del tiempo. Su rostro moreno tiene ahora una sonrisa trazada por la brisa. Recordó que la última vez que nos encontramos, las playas estaban tristes porque el país estaba en quiebra, me contó que sus amigos de alto vuelo, le dijeron que era mejor irse de aquí. Y resultó que, días después emigró a Tailandia sin saber ni una pluma de sus idiomas.  Pero a pesar que allá gustaban del futbol playero, los pelícanos estaban más interesados en aprender a bailar salsa y a cantar boleros. ¡Fácil! – me dijo y continuó – al poco tiempo abrí una academia para enseñar ese ritmo con el que fui empollado y me relacioné con las aves más bellas como jamás imaginé. Era muy popular en los bares y hoteles para turistas y estuve a punto de casarme con una hermosa vedette, que me quería solo para sí, iba a colgar mis guayos por ella, pero un día descubrí que tenía una pata normal y otra de cabra. Eso cambió mis planes y salí volando, pues era el mismísimo diablo el que me quería cazar. Al día siguiente dejé Bangkok y volé a Nueva Zelanda, luego la nostalgia, cual anzuelo de sardina, me trajo de vuelta – dijo finalmente.

Planeábamos en la tarde soleada como dos pelícanos reales sobre un mundo sorprendente, mirábamos la isla de arena que la marea baja descubre en la ensenada y que mi amigo de infancia ofrecía en venta embromando a los ingenuos. La isla desaparecía con la pleamar ante sus ojos. El juego más duro de todos es la ilusión – me dijo sonriente.

Gestor Cultural de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Carchi. Email: ramirocabrera37@gmail.com

Tulcán bohemio (segunda parte)

Ramiro Cabrera

En el 2019 las cosas son diferentes. Intento subirme a este tapete añoso del recuerdo y veo lo que mucha gente mira en la retina de su ayer. Una voz me dice: “Yo me chumé como nunca, por aquella, la bella, la que iluminó la tierra con su gracia y que fue mía”. Entonces pienso con alivio, que en aquel tiempo no fui el único cabezota.

Rescatando los escenarios de estas experiencias vividas, escribí un artículo sobre la bohemia en Tulcán, que luego subí a la red y fue comentado por mis amigos y paisanos como en una minga de la memoria. Muy agradecido por ello y con el mayor respeto a todos, rescato estos aportes:

¿Recuerdan las “cuchufletas” que se vendían en un local de la Bolívar y Junín, adornado con las fotos del ex futbolista el Colorado Vásquez? Era una luz verdosa que lamía la calle en las noches, empieza Gary Guerrón. “No hay que olvidar El Club 70” dice Jairo Cabezas y nos viene la imagen de los jugadores “del bole” con sus dichos y desafíos, a sus anchas y las barras a sus tragos.

Que recordemos el bar “Mil Amores de ese legendario hombre el Parcerito” dice con cariño su hijo Efraín Guerrero.  De los billares de los “Mata Siete” escribe Luis Pabón; en cambio a Martín Noguera le faltan “Las Pachenchas” y a Edison Huertas “Las Ninfas”, nombre que hizo suspirar a muchos en su barrio “Los Chicos Buenos” en el centro de la urbe, nos cuenta.

A Waldemár Obando le llega a la mente el “Bar del Piola” frente a los pollos de los “Cueteros” y a Edison Revelo “Las Pasilleras” de la calle Olmedo (“Las Popochas”), frente a la sede el “Club Colón”. Por su parte, Lualzaro Salazar añade los billares del “Oriental”.

A Rubén Castro le vienen, “La cantina del Pumanta, El Café de las Garrido o ‘La Universidad’ (de la mamá Eloisa Garrido). En la calle Pichincha, en su tiempo, la cantina de La Huaqueña”, en cambio, a Marco Montenegro le sopla el recuerdo “El Último Guantazo, la cantina del Modesto en el Barrio Olímpico y del infaltable ‘piquete’ o café con norteño de la Pichincha y Olmedo”, también recuerda a “El Aserrín”.

“La Gardenia y el Tres Piernas donde libaban los empleados de la Corte” dice Bayron Pérez, en cambio Julio Angulo dice “faltan en la lista Las Ragras, la del Sargento Suárez, entre la Pichincha y Colón y las Villas del Pelón”, aunque por su parte Jhoffre Mejía insiste en que no olvidemos la “Wisquería Rambo” de su época, ¿Cómo no olvidar ese antro si hasta funcionó en el Teatro Lemarie antes de su restauración patrimonial?, me digo.

“Recuerdo el Costa Azul del Sargento Luna en la calle Sucre y Junín (frente al que hoy es el Hotel Sara Espíndola); El Ajedrez, ubicado en Las Juntas; al Sargento Araña, además, a los hervidos llamados ‘ceviches’ que vendían en la cantina de don Celín en la calle Sucre frente al Mercado San Miguel”, nos dice lejanamente en el tiempo Julio Cadena.

Las cantinas de Tulcán que rumorean el cantado pastuso, cual partitura en la palabra de nuestra geografía, se aquietan, la música nacional, la romántica, la protesta se calla.  Las jarras, el “Wisqui siete letras”, el “Norton especial”, reposan, ahí estamos todos otra vez en la memoria.

Una voz a una persona privada de la libertad

Ramiro Cabrera

Desde adentro los muros son tan altos como la angustia que llega hasta el cielo, ese mismo cielo que un día te hizo soñar con una vida feliz y que contempló tus primeras aventuras del corazón. Ahora es indiferente y lejano. Hay días que no lo miras cuando sales al patio de la cárcel y debes defenderte simulando ser más fuerte de lo que eres.

Sin embargo, el cubículo del cielo es lo único que te une al mundo, después de todo, es el mismo que mira tu madre. Si pudieras enviarle la última carta que escribiste con una paloma mensajera como en otros tiempos dicen, seria fenomenal.  Si al menos pudieras en fantasía subirte a las nubes y quedarte en el pasado, justo en el día que saliste a buscar una ilusión, tomado de una mano traicionera que te hizo la promesa de días mejores. Si ese cielo se hubiese transformado en tormenta aquel día, para aguar tus necios planes no estarías aquí. Cuando tus planes eran grandes, solo tomaste malas decisiones.

Mujer a veces te sueñas cuando eras una niña, lo bella e inocente, entonces despiertas a una rutina. Nada se parece aquí a una vida.

Y tus hijos, ¿con quien quedaron?, ¿quién los mirará?, ¿quién los cuidará? Percibes el cielo huidizo y quisieras ver el sol guardarse en el horizonte, sería como ver a Dios y él sabría por lo que estás pasando-  te dices.

Entonces, si pudieras escribir tu historia en todos los papeles que arranchas, no acabarías. Pondrías la primera frase y luego no pararías, como abrir un grifo que fluye con estrepito para formar un lago que arrase la cárcel. Pero no puedes, cómo lo harías si tu mano no tiene práctica porque no terminaste la escuela, si tuviste que trabajar para mantener a tu familia.

Quisieras volar, pero dices que tus sueños están enjaulados.

¡Oh, despierta!  ¡No digas eso jamás! Tu cuerpo está preso más no tu espíritu. La libertad interior te pertenece.

Nadie puede poner grillete a tu alma. Nadie puede hacer algo en contra del amor con el que naciste.

Dijo Víktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración Nazis, que: “Las circunstancias externas pueden despojarnos de todo, menos de una cosa: la libertad de elegir cómo responder a esas circunstancias”. O bien te das por vencido, o por el contrario luchas día a día por encontrarle sentido a tu existencia.

Es verdad que cometiste un error, pero no vivimos en un mundo de ángeles perfectos.

“La Escuela de Escultura en Verde del Cementerio de Tulcán” ¿Por qué no?

Ramiro Cabrera

El Cementerio de Tulcán “José María Azaél Franco”, tiene 35 años de haber sido declarado “Patrimonio Cultural del Estado” por el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural. Una distinción importante en el ámbito cultural con repercusiones positivas para la ciudad, de orden económico por el turismo que genera, puesto que se considera un promedio de 100,000 visitantes al año, identitarias porque representa nuestra actitud frente a la muerte por al menos 2,500 años de prácticas funerarias de la Cultura Pasto, porque además, es el escenario del festival de gastronomía ritual más grande de la ciudad y la provincia en el Día de Difuntos, en donde se calcula que participan cerca de 10.000 personas, cientos de artesanos en gastronomía, artistas entre pintores y músicos.

El Cementerio tiene beneficios ambientales que dan sus 300 esculturas gigantes de ciprés, decenas de murallas formadas por cientos de árboles en sus jardines, que son productores de oxígeno para la ciudad.

Es importante recalcar que el patrimonio cultural no se conserva con una declaratoria únicamente, sino es con la gestión y la planificación adecuada que enfrenta los avatares del tiempo.

Es necesario aclarar que el patrimonio cultural si bien se materializa en algo visible y tangible como una edificación, una obra cerámica, una festividad o un bien artesanal; es la parte invisible o intangible la importante. Lo que está en la mente y el espíritu de un pueblo constituye el origen y lo que le da sentido a este patrimonio.

Además, es la cultura de un pueblo en una determinada época la que decide conservar o no tal bien cultural, es decir que hay una valoración social. Si un pueblo considera que debe conservar su patrimonio buscará los mecanismos para hacerlo. Por el contario si pierde su significación, el patrimonio se destruirá irremediablemente.

Las esculturas realizadas por cerca de un siglo por decenas de artistas iniciadas por don Azael Franco Carranco en el año de 1936 hasta su muerte en el año 1985, que luego fue continuada por su hijo Benigno Franco también fallecido en el año 2014 y por don Lucio Reina ya jubilado, autor de la segunda parte de esculturas en el interior del recinto, merecen ser conservadas y algunas restauradas, puesto que se han desfigurado con el paso del tiempo. Para tener una idea de ello, basta mirar archivos fotográficos y cerciorarse que la calidad de las esculturas ha ido decayendo notablemente.

¿Los conocimientos de jardinería y el podado artístico con que fueron originadas estas obras, son los mismos que poseen los jardineros, que en la actualidad laboran en el Cementerio? Ésta es la gran pregunta.

La conservación de la tradición depende del flujo de conocimientos de una generación a otra. Por ello es necesario de que se forme una ESCUELA DE ESCULTURA EN VERDE DEL CEMENTERIO DE TULCÁN para estudiar el legado de sus creadores, profundizando en las técnicas antiguas y modernas en el contexto de la jardinería escultórica en el mundo actual y la capacitación profesional de jardineros escultores en verde. Todo ello fruto de una planificación estratégica y la investigación antropológica.